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EL PT NO QUIERE CAMINAR, PREFIERE LAS MULETAS

  • Foto del escritor: MartÍn Campos
    MartÍn Campos
  • 19 ene
  • 3 Min. de lectura

En la política, como en la vida, llega un momento en que uno debe dejar las muletas y aprender a caminar solo. Ese momento ha llegado para el Partido del Trabajo, pero parece que prefiere seguir cojeando con ayuda antes que arriesgarse a caer por su cuenta. La discusión sobre la reforma electoral -especialmente la posible eliminación de los legisladores plurinominales- ha puesto al PT frente a un espejo incómodo, y lo que ve no es precisamente la imagen de una fuerza política sólida, sino la de una organización que ha vivido décadas alimentándose del oxígeno artificial de la representación proporcional.

 

No se trata de una crítica ideológica ni de un ataque gratuito. Es un hecho: durante años, el PT fue marginal. No ganaba elecciones, apenas lograba conservar su registro y su presencia en el Congreso nunca nació de mayorías ciudadanas, sino de un diseño constitucional que permite a partidos pequeños existir sin necesidad de conquistar votos reales. En otras palabras, el PT no se construyó en las urnas; se sostuvo en las listas. Y eso, por más que duela a sus dirigentes actuales, no es debilidad coyuntural: es su historia.

 

Esa historia tiene rostros y lugares. En Puebla, por ejemplo, hubo un tiempo en que el PT sí tenía pies en la tierra. Zeferino Martínez Rodríguez, fallecido líder social, forjó desde abajo una estructura con arraigo, respeto y causa. No necesitaba colgarse de nadie. Su trabajo en barrios, mercados y colonias le dio al partido una identidad propia, reconocida incluso por adversarios políticos de peso. Bajo su liderazgo, el PT no era un apéndice de nadie: era un referente local con voz propia.

 

Pero desde su partida, todo cambió. El partido dejó de construir para empezar a depender. Hoy, en Puebla, el PT no gana solo. Sobrevive porque Morena lo lleva de la mano. Cuando va en solitario, desaparece. Cuando se cuelga de la ola guinda, florece. Eso no es estrategia; es dependencia disfrazada de pragmatismo. Y esa dependencia se repite a nivel estatal con figuras como Esther Martínez Romano, cuya meteórica carrera -de diputada federal a local en poco tiempo- no se explica por triunfos propios, sino por el arrastre electoral de López Obrador y Sheinbaum. Ella no llegó por el PT. Llegó “gracias” a que el PT supo pegarse a quien sí tenía votos.

 

Peor aún es lo que ocurre dentro del partido. Mientras la militancia de base se conforma con repartir volantes o aspirar a una regiduría en algún municipio olvidado, los mismos nombres de siempre se reparten las curules, las dirigencias y los puestos estratégicos. No hay movilidad interna, no hay renovación real. El poder circula entre círculos cerrados, y la democracia interna es más ficción que práctica. El PT ya no es un instrumento de transformación social; es un club de élites que se turnan los beneficios del sistema que dicen combatir.

 

Por eso su resistencia a la reforma electoral no sorprende. Al contrario: es perfectamente coherente con su modelo de supervivencia. Sin plurinominales, el PT tendría que competir de verdad. Tendría que ganar distritos, convencer a votantes, construir territorio. Y eso, hoy, no puede hacerlo. Su oposición no defiende la pluralidad ni la democracia; defiende su nicho de privilegio. Porque el PT no teme que la democracia se debilite. Teme que su negocio político se termine.

 

Ahora está en una encrucijada. Puede seguir siendo un partido satélite, eternamente pegado a la falda de otro, o puede asumir el reto de construirse desde abajo, con autenticidad, con proyecto propio, con gente de verdad. Pero mientras siga aferrado a sus muletas, no será aliado del cambio. Será, simplemente, otro guardián del viejo sistema que tanto dice repudiar. Y eso, más allá de las banderas y los discursos, no es traición a la izquierda. Es traición a la decencia.

 

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